Hasta ayer, la liberación de Betancourt era algo impensado para la mayoría de los colombianos. Se sabía que era la rehén más preciada y el escudo de la guerrilla. La sorpresa de un rescate armado sin muertos ni heridos hizo que, por un rato, los colombianos se olvidaran si eran pro o anti uribistas. La euforia estuvo presente en cada uno de ellos. El calvario de Ingrid se terminaba y las FARC recibían el golpe más duro.
Al recibir la noticia de su rescate en la tarde de ayer, la simpatía que distingue a los cartageneros se potenció. Lo importante era el boca en boca, contarle la buena nueva a quien estuviera enfrente, por más de que fuera un desconocido. Como en un mundial de fútbol la gente se agolpaba en los bares y se improvisaban audiencias alrededor de radios y televisores callejeros.
Cuando el avión rescatista aterrizó se retomaron las banderas políticas y empezó a percibirse el antagonismo que divide a los colombianos. "Que retire sus palabras", le gritaba la dueña de una joyería a Yolanda Pulecio, televisor de por medio. "En el pasado ha ofendido mucho a nuestro presidente", aclaraba satisfecha al darse cuenta que la madre de Ingrid respondía a su pedido.
Muchos se emocionaron al oir a la ex candidata a la presidencia describir la dureza del cautiverio y el aplauso espontáneo fue unánime cuando demarcó los límites a la intervención de Hugo Chávez y Rafael Correa en las negociaciones con las FARC. Al igual que los medios de comunicación, pocos prestaron atención a los otros rescatados. Ingrid fue la estrella.
El comienzo de esta nueva etapa entusiasma a los uribistas, que atribuyen al presidente colombiano la valentía de emprender la hazaña que todos esperaban y nadie creía posible. La sensación omnipresente es que a las FARC no les queda carta para negociar y se empieza a dilucidar un añorado camino hacia la paz.
Informe: Ine Kracht