Primero vos, después la pareja. A medida que la sociedad avanza hacia la globalización un modelo similar se extrapola a nuestras relaciones. La capacidad de independencia del individuo está impulsando nuevas formas de relación donde el bienestar personal se antepone al colectivo.
Hay que destacar:
- La equiparación tanto a nivel laboral como social de mujeres y hombres hizo que el matrimonio ya no sea una forma de supervivencia para ellas sino una elección.
- Muchas parejas mantienen su relación sentimental sin un espacio de convivencia.
Empieza la etapa universitaria. No tienen ni 20 años cuando muchos jóvenes (la mayoría del interior del país), abandonan el hogar familiar en busca de un lugar apropiado para desarrollar su carrera profesional. Durante los siguientes años probablemente cambiarán de calle, de ciudad o incluso de país. Estos movimientos originan nuevas actitudes personales y formas de convivencia que, posteriormente, alimentarán un modelo contemporáneo de vida en pareja.
Mireia Martínez es Psicóloga en terapia sexual y de pareja, y miembro del Institut d’Estudis de la Sexualitat i la Parella de Barcelona, España. Según ella, encontrar un buen trabajo, nuestros afectos y las relaciones sociales cada vez es más importante que el amor.
La independencia que se adquiere a edad temprana impulsa este “egocentrismo”. La equiparación de mujeres y hombres supuso que el matrimonio ya no sea una forma de supervivencia para ellas sino una elección con cada vez menos adeptos.
A medida que las parejas de hecho gozan de mayor aceptación social y, sobre todo, de más ventajas fiscales en lo individual que el matrimonio convencional, experimentamos otros tipos de relación. El Institut calcula que, tras la boda, el divorcio llega cinco años después.
La libertad de ataduras económicas que supone la convivencia “sin papeles de por medio” permite a sus miembros romper fácilmente el pacto cuando el amor se termina.
En la actualidad, incluso la cama dejó de ser un ícono del matrimonio. La Fundación Nacional del Sueño de los EEUU afirma que más del 23% de las parejas estadounidenses duermen en camas o habitaciones separadas.
Ante un panorama tal, surgen las alternativas. Recelosos de la intimidad, las personas empezaron a buscar un lugar donde salvaguardar el ego. Según Mireia Martínez, son cada vez más los casos de parejas que habitan en un mismo espacio sin compartir relación sentimental. La existencia del amor, o no, es una variable presente pero no vital para la vida conjunta. Esta convivencia facilita la independencia de los miembros y deja en un segundo plano la posibilidad de disfrutar de una relación de afectividad o incluso de algo más. La necesidad de compartir gastos de alquiler, agua o gas es, en oportunidades, prioritario.
Según la psicóloga hay casos de parejas que, tras su ruptura, siguen viviendo bajo el mismo techo al no poder pagar otro domicilio. Es entonces cuando la convivencia adquiere su dimensión más "trágica".
Por otra parte, explica la experta, el amor sin hogar también es una realidad. Muchas parejas jóvenes mantienen su relación sentimental sin un espacio de convivencia y de forma duradera. En algunos casos, incluso, los miembros disponen de una vivienda común para usos ocasionales. El día a día de la pareja se desarrolla entre los pisos de uso particular y su “hogar esporádico”. El inicio de la convivencia suele ser traumático para muchas uniones. Este modelo permite salvar dicho obstáculo progresivamente.
Ante la posibilidad de cambiar de pareja se duda mucho menos que antes. El boom del amor a través de Internet, las posibilidades económicas en ambos sexos, el resultado es evidente: el amor y la convivencia ya no van de la mano. Son las necesidades particulares las que determinan la forma de vida. El amor es otra historia.