La noche le trajo una belleza atiborrada de misterios, ninguno de los presentes sospechó lo que estaban a punto de conjurar.
Mientras Juan despuntaba el vicio del éxtasis encerrado en la habitación, Martín descorchaba una botella de vino tinto, Elisa elegía música, Miriam secaba los últimos platos, Julián fumaba en el balcón y Marina haciendo alarde de su simpatía, le sonreía alegremente a todo el mundo.
Juan salió del cuarto completamente narcotizado y notó que de pronto las voces se convirtieron en sombras sonoras, hacía un tiempo consumía drogas recreativas con el pretexto de elevar el pensamiento y el espíritu. Todos sabían que tan solo eran fútiles excusas, aceptaban la adicción de su amigo con resignación, como se acepta lo inevitable.
Lo primero que observó Juan fue la sonrisa de Marina, al instante redes de imágenes pecaminosas se agolparon en su mente, tejían y destejían un vínculo prohibido, las veía pasar en cámara lenta, nunca antes había notado la finura en las facciones de la mujer de su amigo. Luchaba consigo mismo para mantenerlas a raya, trataba de alejarlas, las espantaba mirando de reojo a Julián que estaba distraído barajando un mazo de cartas y charlando con Elisa pero inmediatamente volvía la mirada sobre su mujer. Como si la hubiese visto por primera vez.
Taciturno la penetraba con sus pupilas y a medida que pasaban los minutos se iba cargando de tensión sexual, sus piernas despreocupadamente cruzadas, sus manos, su piel, era como si los demás hubiesen desaparecido y sólo quedaran los dos, flotando en el éter, dos fugitivos desapareciendo del mundo real para adentrarse al imaginario donde no existen las barreras de ningún tipo para amarse.
Los delirios fueron en aumento, la imaginaba desnuda y se le dificultaba ocultar el deseo de besarla, cuando ya no se pudo contener la siguió maquinalmente al baño, se quedó detrás de la puerta mientras sentía la adrenalina efervescente hervirle la sangre, al verla salir no le dio el mínimo tiempo de reacción, la besó desesperadamente.
Para su sorpresa ella le respondió con gusto, se fundieron en un beso surrealista, un beso morboso y delicado, lo mismo da cuanto duró, un suspiro o una eternidad, el tiempo se detuvo y el universo se deshizo en estrellas tornasoladas, obsequiando un paisaje hermoso, esos contornos que sólo se ven con los ojos cerrados, arremolinando la lengua.
Al volver al living, reunirse con los demás fue como un sonoro sopapo para Juan que tuvo la horrible sensación de que ese beso nunca ocurrió, que fue ficticio, fruto de su poderosa imaginación.
Marina no le dio señal alguna que le ayudara a dilucidar la confusión, actuaba natural, como si nada hubiera pasado, no había el menor indicio de que algo hubiese pasado realmente, las dudas crecieron hasta adoptar un matiz rayano a la locura.
Entonces desarrolló un silencioso debate interno ¿Qué porcentaje de realidad hubo en todo aquello? ¿Lo viví o lo soñé? ¿Por qué no estoy aliviado si todo fue una fantasía irreal? ¿Por qué no me duele la negra traición a un amigo?
¿Por qué tengo tantas ganas de concretar la fantasía con esta mujer prohibida?
Toda la noche se dedicó a observarla, pero no hubo el más mínimo detalle, no hubo una mirada sagaz, no se comportó de manera extraña, absolutamente nada que avale en hechos consumados, lo que él creía haber pasado.
La noche se diluyó y Juan volvió a su casa, aturdido y con jaqueca, el efecto de la droga iba desapareciendo y todo volvía a la normalidad, se arrepintió de haber soñado la noche entera a Marina, sueños eróticos, sueños prohibidos, ocasionados por el químico que no entendía de códigos y menos de amistad. Por fin sintió el alivio de la inocencia, de que nada haya pasado en realidad, se asustó de las cosas que podía llegar a hacer estando influenciado.
Cuando terminó de cavilar estas cuestiones y se decidió a recostarse, le cayó un mensaje en el celular; lo leyó con impaciencia.
“En mi vida me han besado como lo hiciste vos”.
MARINA.
Pierre Orsini