Soy de pensar que las oportunidades no se presentan, hay que arrancarlas con los dientes si es preciso, me costó trabajo convencer a Julieta para ir a Pilar, una vez allí debería hacerle entender que lo que enardece a la pareja que realiza dicha actividad, no es tanto el acto en sí; sino el recuerdo de lo vivido.
Las imágenes de lo acontecido vuelven al momento de intimidad de la pareja y los encuentros toman un rumbo muchísimo más ardoroso, esto termina fortaleciendo la relación, es como agregarle hierro al concreto, se fortifica al máximo.
Regresando a la situación, después del jarronazo, ella da la vuelta para ganar la puerta, trastabilla, rompe taco y cae al piso; voy a socorrerla. El cincuentón amigo mío se sienta en uno de sus sillones y serenamente pide calma (en ningún momento gritó despavorido); su novia, la hermosísima rubia se pone a recoger los restos del destrozado jarrón.
Yo levanto a Julieta semi-inconciente balbuceando berrinches inenarrables y la llevo hacia el otro sillón, la recuesto y voy por un vaso de agua, cuando vuelvo la veo sentada con la mirada perdida en un cuadro colgado en la pared.
Mi amigo me hace un gesto que no entiendo, me siento a su lado y le pregunto si necesita algo, o si quiere que la lleve a su casa, ella responde ¿Qué querés Anggrés? me mira fijo, mirada penetrante, incipiente. Se notaba lo borrachísima que estaba, le costaba articular las palabras, respondo; decime vos Julieta, me susurra suavemente al oído, Andrés cambiame la ropa que estoy toda mojada. Se había volcado champaña encima, olía a bodegón de puerto.
Te llevo a la habitación, le dije con inocencia, con la misma inocencia que te da un jarronazo en la cabeza; no no cambiame acá… Atónito comencé a desvestirla ante la mirada de confusión de la otra pareja.
El beso no demoró en llegar, lo que era un desastre, se convirtió en una escena pasional y pasó lo que tenía que pasar, nos amamos con espectadores por primera vez; los amigos envalentonados por el cuadro que le regalamos, hicieron lo propio entre ellos, el ambiente se tiño de placer furioso. Una pareja a menos de un metro de la otra.
Hasta que todo terminó; no hubo intercambio eso es cierto. Mis amigos se fueron a dormir a su cuarto, yo vestí y arropé a Juli que quedó desmayada en el sillón, me recosté a su lado y terminó la noche.
Al otro día me desayuné su amnesia etílica y sus ganas de huir del lugar al instante.
La conversación en el auto fue serena y amistosa, no insistí en contarle lo que ocurrió porque estoy seguro que en el fondo ella lo sabe. Pero lo niega, no hay más ciega que la que no quiere ver; como pasa mucho en esta sociedad ella no acepta su propio morbo, a la hora de soltarse de transgredir y disfrutar de la sexualidad libremente y de manera sana, choca de frente con la envenenada barrera de los prejuicios. Esa moral impartida en el hogar paterno, sin hablar de la potencia de la religión, viciada por todos lados pero presente constantemente.
En el viaje cuando ella dice que quiere tener alguien que no necesite estar con nadie más que no sea ella; omite mi descargo, yo le dije más o menos esto.
-Vos sabes bien que de los cuernos y de la muerte nadie se salva, por mi parte no soy tan egoísta, sólo necesito alguien que me ame; que me acepte como soy, yo no quiero casarme para tener que andar mintiendo, encontrarme con amantes clandestinas en hoteles furtivos, no quiero ser un hipócrita con la mujer que elegí para pasar mi vida, no me cierra el engaño, voy de frente porque el amor y el sexo son dos cosas diferentes. Co la verdad se llega a todos lados.
¿Te acordas de mi amigo el turco? Bueno la mujer lo pescó en una trampa y la vida ya no fue la misma para ninguno de los dos, flor de escándalo le armó. Por veinte minutos que el turco eligió pasarla bien con otra mujer, tiró por la borda quince años de matrimonio; yo no lo veo lógico, son sólo veinte minutos de placer; a su esposa le dio una familia, casa, hijos y todos los días de su vida dedicados como marido ejemplar, sin embargo se separaron por veinte minutos; su mujer es tan celosa, tan egoísta que no logra digerir esos veinte minutos de aventura, de pecado carnal.
A mí nunca me va a pasar algo semejante. ¿Me entendés?
Así fluyó la charla, con su mirada perdida en la autopista, podía sentir como rebotaban mis palabras en su cerebro, con su beso de despedida en la mejilla, se bajó sin decirme nada. Estaba seguro que la volvería a ver.
Andrés Achaval